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Un 63 % de los usuarios de Internet sufren tecnoestrés, según explica el psicólogo José María Martínez Selva.

Si acciones como pasar un archivo de Word a PDF, detectar una conexión inalámbrica de Internet o revisar el correo electrónico le producen cierta ansiedad, usted puede ester sufriendo tecnoestrés.

Con la revolución digital, trabajadores perfectamente cualificados para el desempeño de sus tareas han quedado desactualizados de la noche a la mañana. José María Martínez Selva analiza en su libro “Tecnoestrés” los problemas de estrés y ansiedad que genera el laborioso, pero imprescindible proceso de aprendizaje al que se ven abocados estos profesionales.

En opinión del autor, el tecnoestrés lo padecen, sobre todo, personas de más de 40 años que, al no haberse podido adaptar a los rápidos cambios tecnológicos, llegan a experimentar rechazo hacia las nuevas herramientas. A pesar de que sostiene que “no es un libro antitecnológico”, mantiene que usar los nuevos aparatos es difícil y pretende dar voz “a todas las personas que lo pasan mal”.

Por si fuera poco, el uso de dispositivos móviles ha roto las fronteras espaciales y temporales de la oficina, prolongando la jornada laboral de forma indefinida. El trabajador se siente, entonces, obligado a mantener un rendimiento continuo y no consigue ni desconectar ni distanciarse de sus obligaciones, lo que, en opinión de Martínez Selva, no beneficia a su salud mental.

El estrés derivado del mal uso de la tecnología o de la falta de adaptación a ella origina problemas físicos y psicológicos, así como un deterioro de las relaciones personales. Los avances tecnológicos nos permiten comunicarnos de forma muy eficiente, trabajar de manera remota y, en general, hacen nuestra vida más fácil. Pero, aparte de sus evidentes ventajas, también pueden originar problemas de estrés.

Tecnodependencia

El tecnoestrés también alude a la dependencia que generan los dispositivos tecnológicos. “No podemos estar enganchados permanentemente a esas demandas porque nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan dormir un promedio de ocho horas al día”, indica el psicólogo Antonio Cano Vindel. El psicólogo advierte de que las posibilidades que nos brinda el desarrollo tecnológico moderno pueden acabar con el descanso si no las manejamos adecuadamente.

“Inteligencia” en duda

Varios especialistas coinciden en que los teléfonos inteligentes están casi perfectamente diseñados para perturbar el sueño. La razón es que estos dispositivos nos mantienen mentalmente ocupados por las noches hasta tarde, y dificultan que podamos desconectar del trabajo, relajarnos y quedarnos dormidos. Son muchos los que utilizaban sus teléfonos inteligentes por motivos laborales después de las nueve de la noche, y al día siguiente despiertan más cansados y menos comprometidos con el trabajo.

El doctor Cano Vindel explica que si una persona no descansa, puede acabar desarrollando trastornos de salud de tipo cardiovascular, de sueño y problemas relacionados con una alta activación fisiológica. Además, también pueden producirse problemas de salud mental. “Estamos asistiendo ya a casos de adicción a videojuegos, al móvil, a la web, etc.”. Así, expresa que las adicciones se generan cuando no se hace un buen uso de algo, que no tiene por qué ser malo en sí mismo. No obstante, su utilización inadecuada “ocasiona problemas en nuestra salud, en nuestra vida social, familiar o laboral”, precisa.

El costo de aprender

El rápido desarrollo de las nuevas tecnologías implica que los usuarios tengan que aprender a utilizar un gran número de dispositivos. “Tenemos una sobrecarga de aprendizajes pendientes para manejarnos adecuadamente con las nuevas tecnologías”, señala el psicólogo Antonio Cano Vindel. “Hemos de aprender a usar el televisor, el aparato de música, el grabador de video, el teléfono móvil, etc. Además de saber utilizar estos dispositivos, tenemos que aprender a configurarlos, a arreglar las averías y otras muchas cosas. No da tiempo a hacerse un experto en todas”, precisa el experto.

El psicólogo explica que algunas personas evitan enfrentarse con nuevos aparatos y esto puede llegar a convertirse en una fobia al uso de nuevas tecnologías. “Esta fobia tiene un coste, pues no adaptarse a la vida moderna supone cierta discapacidad y envejecimiento”, apunta. En este sentido, el especialista destaca que no queda más remedio que adaptarse a los cambios que vengan “y si son cambios tecnológicos, hay que tratar de estar un poco al día”. Pero la convivencia con estos dispositivos también puede derivar en estrés si, por ejemplo, se estropean o dejan de funcionar correctamente. Ese estrés puede ocasionar emociones negativas como preocupación, mal humor, ansiedad o enfado.

“Las emociones negativas no son una enfermedad, pero si esos síntomas emocionales persisten demasiado tiempo, pueden producir dificultades para conciliar el sueño y descansar o problemas de alimentación, entre otros”, indica. También pueden surgir problemas de activación fisiológica y ansiedad. “Incluso puede haber crisis de pánico como consecuencia de un exceso de estrés, afirma.

¿Qué hacer?

– Establecer siestas digitales, es decir, periodos libres de nuevas tecnologías.

– Buscar aficiones alejadas del computadorr, la tableta o el teléfono inteligente, y que pueden mejorar nuestra calidad de vida.

– Distribuir de forma adecuada nuestro tiempo y a reforzar las relaciones cara a cara, sin tratar a las personas como si fuesen máquinas capaces de responder a todas nuestras demandas.

– Hace hincapié en que deben mantenerse las vías tradicionales de comunicación y de trabajo. Si se elimina la posibilidad de realizar trámites administrativos, como pedir cita para el médico por teléfono en lugar de hacerlo exclusivamente por internet, corremos el riesgo de aumentar la brecha digital, generando más tecnoestrés.

 

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