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Las vacunas son el segundo avance, tras el lavado de manos, en la historia de la medicina, que más vidas ha salvado.

Son un tratamiento preventivo que fortalece el sistema inmune para prevenir enfermedades infecciosas potencialmente graves o mortales, en algunos casos.

Tras el nacimiento, los bebés tienen protección natural de las defensas que su madre les ha pasado durante el embarazo y la lactancia. Pasado un tiempo, esta inmunidad pasiva desaparece.

Las vacunas “enseñan” al cuerpo cómo defenderse de virus y bacterias. Mediante la inoculación de una pequeña cantidad del agente infeccioso, el sistema inmunitario aprende a reconocerlo y a atacarlo eficazmente en el futuro.

Hay cuatro tipos diferentes:

  • De virus vivos atenuados: los virus están muy debilitados, de manera que no causan enfermedad, solo generan inmunidad. Un ejemplo es la triple vírica o la de la varicela.
  • De microorganismos inactivados: se inocula una parte (proteínas) del virus o de la bacteria. Un ejemplo es la de la gripe
  • Toxoides: se usa la toxina que causa el virus o bacteria, de forma que nos hace inmunes a los efectos dañinos de la infección y no a la infección en sí. Un ejemplo, el tétanos o la difteria.
  • Biosintéticas: se inoculan sustancias artificiales similares a pedazos de los agentes infecciosos. Un ejemplo, la del Haemphilus Influenzae tipo B (Hib).

A pesar de que algún grupo intente cuestionar la seguridad de las vacunas, los beneficios de las vacunas superan, con creces, sus posibles riesgos.

La máxima precaución que se debe tomar es no vacunar con virus vivos a los niños inmunodeprimidos o a las mujeres embarazadas.

Hay muy pocos casos descritos de alergia a las vacunas o de relación con enfermedades graves.

Todas las vacunas tienen posibles efectos secundarios. Sin embargo, la mayoría son leves y temporales. Los efectos adversos de las vacunas se vigilan cuidadosamente.

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