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Una fuga de monóxido de carbono (CO), un gas inodoro e incoloro, proveniente de una cocinilla usada en una cabaña o en una carpa puede matarlo en minutos.

La mitad de la población mundial usa combustibles básicos a base de carbono como el carbón y la madera para cocinar y calentarse, en sus hogares o durante las vacaciones, muchas veces en espacios poco ventilados.

Para la mayoría de nosotros los peligros de estar demasiado cerca de un fuego al aire libre son evidentes, pero lo que no sabe mucha gente es la amenaza potencialmente fatal de un combustible de carbón que se ha quemado.

Al hacer una parrilla:

  • Nunca introduzca  una parrilla encendida dentro de una tienda o camping. Aunque ya haya dejado de cocinar, déjela afuera, ya que después de horas de usada, todavía emana humo.
  • Nunca use una parrilla en un lugar cerrado para mantenerse caliente.
  • Nunca deje un asador encendido sin vigilancia.
  • Cuando se vaya de campamento, ubique el área para cocinar bien alejada de la tienda. Siempre asegúrese de que haya una adecuada circulación de aire fresco en la zona donde este usando la parrilla.
  • Use la parrilla siguiendo las instrucciones del equipo.
  • Recuerde los signos y síntomas de la intoxicación por monóxido de carbono: dolor de cabeza, mareo, problemas para respirar, nauseas, colapso y pérdida de conocimiento.

Cuando los combustibles están ardiendo, el monóxido de carbón que emite se convierte en dióxido de carbono relativamente inocuo. Sin embargo una vez que se extingue la llama el monóxido de carbono se sigue produciendo y ya no se quema.

En una zona bien ventilada eso no representa un problema, pero dentro de la carpa herméticamente cerrada alcanza niveles tóxicos.

Cuando el monóxido de carbón se inhala, entra en el torrente sanguíneo y se enlaza a la hemoglobina en los glóbulos rojos, reemplazando y bloqueando a las moléculas de oxígeno.

En niveles extremadamente altosl, el monóxido de carbono puede reemplazar rápidamente a casi todo el oxígeno. Las víctimas se asfixian y los órganos quedan privados del oxígeno que necesitan.

El cerebro es especialmente vulnerable y la falta de oxígeno puede destruir sus células en apenas cuatro minutos. Las personas que sobreviven pueden sufrir el empeoramiento de los efectos en los días y semanas siguientes.

Pueden desarrollar síntomas como dificultades con la concentración, audición y la visión, además de efectos en el estado de ánimo, incluyendo ansiedad y depresión.

 

 

 

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