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Es importante, antes de curar cualquier herida realizar un buen lavado de manos con agua y jabón, sin olvidar un secado minucioso.

El paso siguiente es limpiar la herida. Cualquier herida está contaminada por los microrganismos que hay en la piel, pero una limpieza adecuada ayudará, junto con el sistema inmunológico de cada uno, a que estos no proliferen y se desarrolle una infección.

El objetivo de la limpieza es retirar restos de tierra o células muertas, que pueden entorpecer la cicatrización y favorecer la infección.

Para la limpieza de la herida basta con aplicar una solución fisiológica -preferible a una temperatura de 32-35 ºC- o, en su defecto, agua potable.

Si la herida está muy sucia, puede utilizarse agua y jabón para su limpieza, pero hay que ser muy cuidadoso en el aclarado y no dejar ningún resto. También se puede usar una solución antiséptica que sea efectiva para un gran número de gérmenes, como la clorhexidina, y de acuerdo a las indicaciones terapéuticas adjuntadas en el prospecto.

Otras soluciones antisépticas empleadas (povidona yodada, alcohol o agua oxigenada) pueden provocar efectos adversos en la piel, como irritación o reacciones alérgicas importantes, entre otras, además de entorpecer el proceso de cicatrización.

Si es conveniente, se puede tapar la lesión con un apósito no adherente. No se recomienda utilizar algodón, ya que es fácil que se adhiera a los tejidos y provoque dolor y sangrado al querer retirarlo; y si no se quita por completo, sus restos pueden originar una infección.

Si la herida es profunda, tiene objetos incrustados o está muy sucia y no se puede limpiar de la forma habitual, presenta una hemorragia de difícil control o está provocada por la mordedura de algún animal o por materiales que pudieran estar contaminados por hongos o bacterias, hay que acudir al médico.

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